Con sus calles adoquinadas, casas de techo inclinado serpenteantes canales, Brujas es el lugar perfecto para escapar por unos días. Prácticamente libre de tráfico y ridículamente pintoresca, es un destino tranquilo y elegante. El colapso de las rutas comerciales hizo que el pueblo permaneciera prácticamente tal como era por casi 400 años; al subir los 366 escalones hasta la cima del campanario en la plaza principal se revelará en su totalidad su tan bien preservada belleza. O si, por el contrario, no eres amigo de las alturas, siéntate con un plato de papas fritas y una cerveza belga helada en alguno de sus numerosos y elegantes cafés. Y estando en Bélgica, hay suficientes emporios de chocolate para complacer incluso a los paladares más dulces. Evita la avenida principal cercana a la estación, donde la última novedad son unos chocolates en forma de senos (¿por qué? ¿por qué?) que se exhiben con orgullo en las vitrinas y vete a otro lugar. La internacionalmente reconocida tienda Neuhaus es una de las mejores, pero hay otras tiendas independientes que son igual de buenas. Y si tus apetitos en esta área todavía no se ven saciados, una visita al museo de la historia del chocolate definitivamente valdrá la pena.
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