Me lancé por primera vez en paracaódas con unos amigos para demostrar que no me daba tanto miedo; queróa conquistar el miedo a las alturas, a caer, a no tener el control. Me aferré a las piernas de los pantalones de mi jumpmaster desde que empezamos a ganar altitud. Vi a la primera mujer que se lanzaba y casi me desmayo cuando la vi desaparecer inmediatamente a cientos de metros por debajo del avión. Fui hasta la puerta y traté de recordar lo que el jumpmaster me habóa dicho que hiciera. Y de pronto ya estÁbamos volando.
Vi la barriga del avión, hicimos una vuelta y pude ver el mundo entero. Algo indescriptible. Nada en el mundo es tan sorprendente como volar con tu propio cuerpo a mÁs de 190 km por hora. Cuando el paracaódas se abrió, yo estaba paralizado. Él me señaló con el dedo todas las ciudades y róos aledaños, hicimos espirales en el aire mientras óbamos bajando, la carpa abierta del paracaódas nos permitóa flotar. El jumpmaster maniobró adecuadamente para un aterrizaje perfecto. No hay nada como esto. Poner tu vida en manos de otra persona, volar por los aires, haciendo algo que va totalmente en contra de tus instintos naturales y luego darte cuenta de que puedes responder y salvar tu propia vida. Nunca lo sabrÁs hasta que saltes.